Biblioteca Popular José A. Guisasola

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De CUENTOS POR TELÉFONO. Editorial Juventud


—¿Por qué no inventamos los números?

—Bueno, empiezo yo. Casi uno, casi dos, casi tres, casi cuatro, casi cinco, casi seis.

—Es demasiado poco. Escucha estos: un remillón de billonazos, un ochete de milenios, un maravillar y un maramillón.

—Yo entonces me inventaré una tabla.
tres por uno, concierto gatuno,
tres por dos, peras con arroz
tres por tres, salta al revés
tres por cuatro, vamos al teatro
tres por cinco, pega un brinco
tres por seis, no me toquéis
tres por siete, quiero un juguete
tres por ocho, nata con bizcocho
tres por nueve, hoy no llueve
tres por diez, lávate los pies.

—¿Cuánto vale este pastel?

—Dos tirones de orejas.

—¿Cuánto hay de aquí a Milán?

—Mil kilómetros nuevos, un kilómetro usado y siete bombones.

—¿Cuánto pesa una lágrima?

—Depende: la lágrima de un niño caprichoso pesa menos que el viento, y la de un niño hambriento pesa más que toda la tierra.

—¿Cuánto mide este cuento?

—Demasiado.

—Entonces inventémonos rápidamente otros números para terminar.
Los digo yo, a la manera de Modena: unchi, doschi, treschi, cuara cuatrischi, mi mirinchi, uno son dos.

—Yo entonces voy a decirlos a la manera de Roma: unci, dusci, trisci, cuale cualinci, mele melinci, rife rafe y diez.



FIN

Gianni Rodari. Cuentos por teléfono. Editorial Juventud
https://www.editorialjuventud.es/

Ilustrado por Emilio Urberuaga





De CUENTOS POR TELÉFONO. Editorial Juventud


Dos niños estaban jugando, en un tranquilo patio, a inventarse un idioma especial para poder hablar entre ellos sin que nadie más les entendiera.

—Brif, braf —dijo el primero.

—Braf, brof —respondió el segundo.

Y soltaron una carcajada.

En un balcón del primer piso había un buen viejecito leyendo el periódico, y asomada a la ventana de enfrente había una viejecita ni buena ni mala.

—¡Qué tontos son esos niños! —dijo la señora.

Pero el buen hombre no estaba de acuerdo:

—A mí no me lo parecen.

—No va a decirme que ha entendido lo que han dicho…

—Pues sí, lo he entendido todo. El primero ha dicho: “Qué bonito día”. El segundo ha contestado: “Mañana será más bonito todavía”.

La señora hizo una mueca, pero no dijo nada, porque los niños se habían puesto a hablar de nuevo en su idioma.

—Maraqui, barabasqui, pippirimosqui —dijo el primero.

—Bruf —respondió el segundo.

Y de nuevo los dos se pusieron a reír.

—¡No irá a decirme que ahora los ha entendido…! —exclamó indignada la viejecita.

—Pues ahora también lo he entendido todo —respondió sonriendo el viejecito. El primero ha dicho: “Qué felices somos por estar en el mundo”. Y el segundo ha contestado: “El mundo es bellísimo”.

—Pero ¿acaso es bonito de verdad? —insistió la viejecita.

—Brif, bruf, braf —respondió el viejecito.



FIN

Gianni Rodari. Cuentos por teléfono. Editorial Juventud
https://www.editorialjuventud.es/



Ilustración: ©MÀRIAM BEN-ARAB




Juanito Pierdedía era un gran viajero. Viaja que te viaja, llegó al país con el “des” delante.

—¿Pero qué clase de país es éste? —preguntó a un ciudadano que tomaba el fresco bajo un árbol.

El ciudadano, por toda respuesta, sacó del bolsillo una navaja y se la enseñó bien abierta sobre la palma de la mano.

—¿Ve esto?

—Es una navaja.

—Se equivoca. Esto es una “desnavaja”, es decir, una navaja con el “des” delante. Sirve para hacer crecer los lápices cuando están desgastados, y es muy útil en los colegios.

—Magnífico —dijo Juanito—. ¿Qué más?

—Luego tenemos el “desperchero”.

—Querrá decir el perchero.

—De poco sirve un perchero si no se tiene un abrigo que colgarle. Con nuestro “desperchero” todo es distinto. No es necesario colgarle nada, ya está todo colgado. Si tiene necesidad de un abrigo, va allí y lo descuelga. El que necesita una chaqueta no tiene por qué ir a comprarla: va al desperchero y la descuelga. Hay el desperchero de verano y el de invierno, el de hombre y el de mujer. Así nos ahorramos mucho dinero.

—Una auténtica maravilla. ¿Qué más?

—Luego tenemos la máquina “desfotográfica”, que en lugar de hacer fotografías, hace caricaturas, y así nos reímos. Luego tenemos el “descañón”.

—¡Brrrrr, qué miedo!

—¡Qué va! El “descañón” es lo contrario al cañón, y sirve para deshacer la guerra.

—¿Y cómo funciona?

—Es sencillísimo; puede manejarlo incluso un niño. Si hay guerra, tocamos la destrompeta, disparamos el descañón y la guerra queda deshecha rápidamente.

—Qué maravilla el país con el “des” delante.



FIN



Gianni Rodari. Cuentos por teléfono. Editorial Juventud
https://www.editorialjuventud.es/

Visto y leído en:
Pepeperoxil. La web de Pepe Rubio pensada para niños y niñas del Primer Curso de Primaria del Ceip "Pero Xil" de Torreperogil (Jaén)
http://pepeperoxil.xtrweb.com/rodari/seleccioncuentosportelefono.pdf


De CUENTOS POR TELÉFONO. Editorial Juventud

—Érase una vez una niña que se llamaba Caperucita Amarilla.

—¡No Roja!

—¡AH!, sí, Caperucita Roja. Su mamá la llamó y le dijo: "Escucha Caperucita Verde..."

—¡Que no, Roja!

—¡AH!, sí, Roja. "Ve a casa de tía Diomira a llevarle esta piel de patata."

—No: "Ve a casa de la abuelita a llevarle este pastel".

—Bien. La niña se fue al bosque y se encontró a una jirafa.

—¡Qué lío! Se encontró al lobo, no a una jirafa.

—Y el lobo le preguntó: "¿Cuántas son seis por ocho?"

—¡Qué va! El lobo le preguntó: "¿Adónde vas?".

—Tienes razón. Y Caperucita Negra respondió...

—¡Era Caperucita Roja, Roja, Roja!

—Sí y respondió: "Voy al mercado a comprar salsa de tomate".

—¡Qué va!: "Voy a casa de la abuelita, que está enferma, pero no recuerdo el camino".

—Exacto. Y el caballo dijo...

—¿Qué caballo? Era un lobo.

—Seguro. Y dijo: "Toma el tranvía número setenta y cinco, baja en la plaza de la Catedral, tuerce a la derecha, y encontrarás tres peldaños y una moneda en el suelo; deja los tres peldaños, recoge la moneda y cómprate un chicle".

—Tú no sabes explicar cuentos en absoluto, abuelo. Los enredas todos. Pero no importa, ¿me compras un chicle?

—Bueno: toma la moneda.

Y el abuelo siguió leyendo el periódico.


FIN

Gianni Rodari. Cuentos por teléfono. Editorial Juventud
https://www.editorialjuventud.es/



Ilustración: Matías Trillo
http://trillomatias.blogspot.com.ar/2009/07/programa-cuentos-por-telefono.html


Un joven cangrejo pensó: "¿Por qué todos los miembros de mi familia caminan hacia atrás? Quiero aprender a caminar hacia delante, como las ranas, y que se me caiga la cola si no lo consigo".

Empezó a entrenarse a escondidas, entre las piedras de su arroyuelo nativo, y los primeros días le costaba muchísimo trabajo lograrlo. Chocaba contra todo, se magullaba la coraza y una pata se le enredaba con la otra. Pero las cosas fueron mejorando lentamente, porque todo puede aprenderse cuando se desea de veras.

Cuando estuvo bien seguro de sí mismo, se presentó ante su familia y les dijo:

—Fíjense.

Y dio una magnífica carrerilla hacia delante.

—Hijo mío —dijo llorando la madre, ¿has perdido el juicio? Vuelve en ti y camina como te han enseñado tu padre y tu madre; camina como tus hermanos, que tanto te quieren.

Sus hermanos no obstante, se mataban de risa.

El padre se lo quedó mirando un rato severamente, y luego dijo:

—¡Ya basta! Si quieres quedarte con nosotros, camina como todos los cangrejos. Si quieres hacer lo que te parezca, el arroyo es bastante grande. Vete y no regreses más.

El buen cangrejo quería a su familia, pero estaba convencido de que tenía la razón. Abrazó a su madre, saludó a su padre y a sus hermanos y se marchó.

Su paso despertó inmediatamente la sorpresa de un grupo de ranas que, como de buenas comadres, se habían reunido en torno a una hoja de nenúfar para charlar.

—El mundo va al revés —dijo una rana—. Miren a aquel cangrejo y díganme si me equivoco.

—Ya no hay educación —dijo la otra rana.

—Vaya, vaya —dijo una tercera.

Pero, todo hay que decirlo, el cangrejo continuó adelante por el camino que había elegido. En cierto momento oyó que le llamaba un viejo cangrejote de expresión melancólica, que estaba solitario junto a un guijarro.

—Buenos días —dijo el joven cangrejo.

El viejo le observó atentamente y luego le preguntó:

—¿Qué te crees que estás haciendo? También yo, cuando era joven, pensaba enseñar a caminar hacia adelante a los cangrejos. Y mira lo que he conseguido: vivo solo y la gente se cortaría la lengua antes de dirigirme la palabra. Mientras estés a tiempo de hacerlo, hazme caso: resígnate a caminar como los demás y un día me agradecerás el consejo.

El joven cangrejo no sabía que responder y no dijo nada. Pero pensaba: "Yo tengo la razón".

Y después de saludar atentamente al viejo, volvió a emprender de nuevo su camino orgullosamente.

¿Llegará muy lejos? ¿Tendrá suerte? ¿Logrará enderezar todas las cosas torcidas del mundo? Nosotros no lo sabemos, porque está todavía caminando con el coraje y la decisión del primer día. Sólo podemos desearle, de todo corazón: ¡Buen viaje!



FIN



Del libro: ”Cuentos por teléfono” de Gianni Rodari - Ed. Juventud. 16ª edición. 1998 (Fuente: Imaginaria)
http://www.imaginaria.com.ar/12/5/rodari.htm

Gentileza: Estela Getino
http://analia2.blogspot.com.ar/





Sobre la orilla del río. En una casita de madera, vivía una familia muy pobre. Eran tan pobres que la comida nunca alcanzaba para todos, y por lo menos uno tenía que quedarse en ayunas cada vez que la familia comía. Los niños le preguntaban al abuelo:

—¿Por qué no somos ricos? ¿Cuándo nos haremos ricos también nosotros?

El abuelo respondía:

—Seremos ricos cuando vuele el borrico.

Los chicos se reían. Pero algo creían. De vez en cuando, iban al establo, donde el burro masticaba su pasto seco; entonces, le acariciaban el lomo y le decían:

—Esperamos que no tardes mucho en decidirte a volar.

Por la mañana, no bien se despertaban, iban corriendo a ver al burro:

—¿Vas a volar hoy? Mirá que lindo, que hermosos cielo. Es un día perfecto para volar.

Pero el burro sólo le hacía caso a su pasto.

Un día comenzó a llover mucho. El río creció. Cedió el dique y las aguas se derramaron sobre los campos.

Aquella pobre gente tuvo que refugiarse en el techo de la casita, y allí llevaron también el burro, porque el burro constituía toda su riqueza.

Los chicos lloraban de miedo. El abuelo les contaba muchas historias y, de vez en cuando, para hacerlos reír, le decía al burro:

—Tonto y recontratonto, ¿no ves en qué lío nos metiste? Si supieses volar, nos salvarías.

Los salvaron, en cambio, unos bomberos con su lancha y los llevaron a un lugar seco. Pero el burro no quiso subir a la lancha de ninguna manera. Los niños ahora lloraban por el burro y le suplicaban juntando las manos:

—¡Vení con nosotros! ¡Vení con nosotros!

—Vamos —dijeron los bomberos—, después vendremos a buscar el burro. Primero tenemos que rescatar a mucha gente.
¡Nunca se vio una inundación tan terrible!

La lancha se alejó y el burro se quedó en el techo, plantado sobre sus patas, inmóvil.

¿Saben cómo lo salvaron” ¡Con un helicóptero! La bonita mariposa con motor se detuvo en el cielo sobre la cabeza del animal, zumbando. Un hombre descendió por una soga y, por lo visto, sabía bastante de burros, porque lo sujetó con cuidado por debajo de la panza. Luego, el helicóptero partió.

Y los chicos, que estaban acampando sobre el dique como soldados en guerra, vieron llegar a su burro a través del cielo.

Se levantaron de golpe, comenzaron a reír y a saltar, y gritaban:

—¡Vuela! ¡Vuela! ¡Somos ricos!

De todo el campamento, atraída por aquellos gritos, salió gente a mirar y a preguntar:

—¿qué ocurrió? ¿Qué pasa?

—¡Nuestro burro vuela! —gritaban los niños—. Ahora somos ricos.

Algunos movían la cabeza con pena; pero muchos sonreían, como si sobre la llanura gris de la inundación hubiese asomado el sol, y decían:

—Es cierto. Tienen tanta vida por delante que no son pobres para nada.



FIN



RODARI, GIANNI. El libro de los errores. Madrid, Espasa-Calpe, 1989


Fuente: REVISTA IMAGINARIA
http://www.imaginaria.com.ar/12/5/rodari.htm
"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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